jueves, 10 de agosto de 2017

Prologo


Mi tercer largometraje fue el menos conflictivo de los dos que había hecho. si no fuera por un gitano valenciano que intentó engañar a la productora y por Paul Naschy, para los amigos Jacinto Molina.
          Mordiendo la vida nació en el Festival de Cine de San Sebastián de 1983 donde me habían seleccionado mi primer cortometraje La Rosario y el Pinzas. A la actriz Beatriz Barón, la protagonista, y a mí, nos había invitado el festival. Y después de la proyección del corto se me presentó Eduardo Fajardo, actor de muchos espaguetis westers que yo había visto en mi juventud. Me felicitó por mi trabajo y me dijo que le encantaría hacer una película conmigo. Después me escribió su teléfono en un trozo de papel y desapareció. Perdí el papel.
El destino o lo que fuera, hizo que tres años después viniera a actuar con una compañía de teatro en el Auditórium de Palma.  Fui a ver la función y felicitarle al camerino. Se acordó enseguida de mí diciéndome el título del corto: La Rosario y el Pinzas. Aquella noche nos fuimos a cenar al Hotel Saratoga donde se hospedaba. Cenamos contemplando la bahía iluminada de Palma. Durante la cena me recordó lo que me dijo tres años antes: quería hacer una película conmigo.  
          Desde esa noche no perdimos el contacto, y unos dos meses más tarde ya se había leído el guión que le había mandado con el título de Mordiendo la vida. Para él había escrito el papel de policía maduro, cerca de su jubilación. Beatriz Barón interpretaría a La Rizos, una prostituta que quería dejarlo.  Uno de los malos sería el actor mallorquín Ruperto Arés, doblador y amigo, y para el otro malo, aún no se había decidido quién sería.
          El proyecto de lo propuse a Eusebio Vicente Casaseca y a Toni Vives, los productores con los que había hecho mi anterior película El último penalti. A los dos les pareció bien y se empezó la preproducción de una película que me daría muchas alegrías, excepto dinero por su inexiste distribución. Solo se pudo estrenar en Mallorca porque la distribuidora quebró debido a la crisis del vídeo, pero eso es otra historia.
          La película sería como las dos anteriores: independiente y de bajo presupuesto. La preproducción empezó y se puso una fecha de rodaje: 3 de febrero, lunes. Corría el año 1985. En aquel tiempo teníamos la productora en la angosta calle Molineros, travesía de la calle peatonal San Miquel. Era un piso grande, con cinco habitaciones y techos altos. Una pasada.
Cuando rodáramos pasaríamos la oficina en el hall del Hotel Continental en primera línea del Paseo Marítimo, frente al mar. Un hotel maravilloso que ya no existe. Allí sería donde viviríamos durante cinco semanas, lo que duraría el rodaje de la película.
          Todos los actores, excepto Eduardo y Beatriz, se eligieron en un casting que se hizo en Palma. Para el papel de El Murciano no encontrábamos al actor. Fue Eduardo que por teléfono me sugirió a Paul Naschy. Huelga decir que enseguida le dije que ni hablar, que era un desprestigio tener a un actor como ese en una película. Pero él no se dio por vencido e insistió e insistió hasta que me dijo que se había intentando suicidar. Estaba pasando por una depresión muy fuerte. Por lo visto los productores se habían olvidado de él hacía algunos años y él no lo había superado.
           -Toma una medicación muy fuerte –me dijo Eduardo-. No sale de su casa desde hace meses y no deja de lamentarse y llorar. Hacer el papel de El Murciano sería su salvación. No está muerto de milagro, se tomó dos botes de fármacos. Menos mal que su mujer se olvidó de unos papeles y volvió al piso a recogerlos. Se lo encontró sentado en el sillón sin sentido. Lo salvaron de milagro. Dale una miseria, se conformará.
          Al final me convenció y se contrató a Paul Naschy por 25.000 pesetas diarias, una miseria para un actor que había cobrado mucho dinero por hacer de hombre lobo. Pensé que no le daría nada de bombo y platillo a su actuación, pero me salió el tiro por la culata. El mismo Naschy se encargó de avisar a toda la prensa mallorquina de su llegada a la isla. Incluso hizo entrevistas por teléfono antes de venir. Eso ya me calló bastante mal y se lo recriminé a Eduardo.
          -Es así –se justificó-, se cree una estrella.
          -Una estrella apagada –dije yo enfadado.
          Eusebio Vicente Casaseca, uno de los productores, conociendo mi violento carácter me dijo que no le dijera nada, que lo olvidara. Así lo hice por el bien de la película.
          Yo solo había hablado dos veces por teléfono con Paul Naschy. La primera ocasión fue cuando él me llamó para decirme que le gustaba mucho el guión pero que su papel era muy poca cosa para él. Me quedé de piedra. Hay qué decir que él no sabía que yo estaba al día de su desesperada situación.  Se creía que yo lo había elegido para El Murciano por ser un gran actor. Estuve tentado a decirle que no lo quería ni gratis, pero por Eduardo Fajardo, que cada día me caía mejor, me callé.
          -Yo me veo más en el papel de Ángel –me dijo-. Es un papel con fuerza dramática y mucho encanto. Lo veo un papel muy americano, ya me entiendes.
          No, no lo entendía. El papel de Ángel lo había reservado para mí, que era joven y atractivo, no como él que estaba viejo y calvo.
          -Llámame Jacinto –me dijo perdonándome la vida-. Además, cobrando la miseria que voy a cobrar tendría que hacer un papel de protagonista, no el malo de la película. ¿Sabes lo que yo cobro por el protagonista de una película? No te lo voy a decir porque te lo imaginas. Soy un actor internacional que hará mucho bien a tu película. La podrás vender al mundo entero. Incluso en Los Ángeles donde tengo un club de fans
          Aguanté estoicamente sin decir a penas nada la media hora que me tuvo al teléfono intentando convencerme para que fuera el protagonista. Y cuando le dije que el papel lo haría yo, se como enfadó. Noté a través del teléfono que aguantaba su rabia o lo que fuera. Estoy seguro que me hubiera dicho que no la iba a cagar y que no tenía ni puta idea, pero en cambio dijo:
          -¿Tienes algún interés especial para hacer el papel?
          -Lo escribí para mí –le dije a punto de demostrarle mi cabreo-. Yo veo al personaje de menos de cuarenta años y tú tienes unos cuantos más.
          -En el cine existe el maquillaje, que seguro que lo sabes.
          Sí lo sabía pensando en el lío que me había metido Eduardo.
          -Creo que el papel de El Murciano lo harías genial, Jacinto. Hay películas que el malo es importantísimo en la historia. El Muricano es uno de ellos. Para este personaje especial necesito una presencia especial como la tuya –le mentí.
          Después de aproximadamente un hora al teléfono conseguí que me dijera que sí, que aceptaba el papel pero que me pensara en los de que él fuera el protagonista.
          -Yo puedo ser el protagonista perfecto. Y no te preocupes que tú eres joven y tendrás muchas oportunidades para ser protagonista en otra películas.
          Colgué el auricular más cabreado que una mona. Me cagué en el hombre lobo hasta que me cansé. Estaba seguro que me estaba equivocando en contratar a Paul Naschy en la película, pero no quería incomodar a Eduardo Fajardo, una buena persona amigo de sus amigos.
La segunda vez que me llamó Jacinto Molina fue para preguntarme si se podía potenciar el papel de El Murciano. No me dijo nada de ser el protagonista porque Eduardo le había llamado días antes para darle un toque de atención.
-El papel de El Murciano creo que está perfecto, o al menos a mí me lo parece –le dije cansado de escuchar su rollo patatero.
-De todas formas cuando esté en la isla podemos sentarnos y cambiar impresiones. Nos interesa a los dos que El Murciano tenga la máxima fuerza posible en la película, que salga de la pantalla.
-De acuerdo, lo miraremos.
          Pero la historia de Jacinto no terminó en esa conversación telefónica. Una semana del comienzo del rodaje me llamó Eduardo para decirme a ver si había posibilidad de que Jacinto Molina se pudiera quedar en el hotel todo el rodaje.
          -Ya que se le paga tan poco, podrías tener el detalle de que se quedará en el hotel todo el rodaje. Lo has sacado del pozo donde había caído, ahora puedes rematar la obra de caridad con dejarlo en el hotel todo el mes. Lo necesita porque volver a Madrid puede serle perjudicial.
          Aburrido le dije que sí.
          Eduardo Fajardo era una persona estupenda además de un buen actor desaprovechado en este país por ser de derechas, franquista para más señas. Nunca hablaba de política. Quizá demasiado conservador pero muy abierto a las ideas de los demás. Desde un principio nuestras posiciones políticas quedaron claras: él de derechas y yo de izquierdas. Pero esas actitudes no hicieron que durante todo el rodaje y posteriormente en la posproducción discutiéramos. Nunca tuve el más mínimo problema con él. Solo me exigió poder traer a su mujer al rodaje.



Palma de Mallorca
1 de febrero de 1985


Jacinto Santos llegó a Palma tres días antes de empezar el rodaje. Eduardo me acompañó a buscarlo al aeropuerto con mi Simca 1200 de color blanco, no demasiado presentable. Los coches nunca han sido mi preocupación, siempre los he utilizado como medio de transportes, ni siquiera suelo llevarlos limpios. Por eso, Jacinto se sorprendió que lo fuéramos a buscar en ese coche, supongo que él esperaba una limusina o algo parecido.
          Al ver la cara que puso cuando vio el Simca 1200 Eduardo empezó a decirle lo bien que lo pasaría en el rodaje y el mucho talento que tenías todos los actores que participaban en la película. En el trayecto hacia el hotel Jacinto se fue relajando. No tenía claro dónde se había metido.
          Al llegar al hotel se instaló en su habitación con vista al puerto y lo volvimos a ver a la hora de comer. Allí le presenté a todo el equipo. Y sin previo aviso le preguntó a la sastra si por la tarde se podía probar la ropa. Vito se  quedó a cuadros y me miró sonriendo, asustada.
          -¿Podemos hablar un momento, Jacinto? –le dije-. ¿Puedes venir, Eduardo?
          Los tres nos fuimos a la antesala del comedor.
          .Vamos a ver, Jacinto –le empecé diciendo, muy serio-. Te dije por teléfono que esto era una película independiente y que había muy poco dinero. Por lo que los actores se tenían que conseguirse el vestuario.
          -No, si está claro –dijo.
-¿Entonces?
          -Pero por muy poco que haya en cualquier película hay algo de vestuario.
          -No, Jacinto –intervino Eduardo-, en esta película los actores se traen el vestuario.
          -¿También los protagonistas?
          -También –dije yo.
          -Pero yo no tengo vestuario para cine, a mí siempre me lo han proporcionado, no lo he traído de mi casa.
          -Resumiendo –dije casi enfadado-: no tienes vestuario.
          -Hombre, yo pensé que algo tendríais.
          -Pues no, no tenemos.
          -Si basta que me compréis dos o tres trajes, no importa que sean caros.
          -Déjame a mí, Martín, yo hablo con él –se ofreció Eduardo.
          Entré en el comedor pensando que me había equivocado contratando a Paul Naschy. Al cabo de diez minutos largos, Eduardo y Jacinto entraron en el comedor y se sentaron junto a nosotros a comer. 
          La dirección del hotel, que tenía menos de la mitad de ocupación, pudo montarnos una mesa rectangular para que pudiéramos estar todos juntos. Como a mí me gustan las esquinas, me senté a un lado, junto a Beatriz Barón, Eusebio Vicente Casaseca, el productor, y Marc Mallol el director de foto. Luego se unieron a nosotros Eduardo, su mujer, y Paul Naschy.
          La comida transcurrió con normalidad, e incluso fue agradable. Tanto Eduardo como Jacinto contaron sus batallitas en el mundo del cine. Tomamos los cafés en la cafetería del hotel y se repartió el trabajo para todo el equipo.
          Nos volvimos a quedar solos Eduardo, Jacinto y yo.
          El hombre lobo español volvió atacar.
          -Si me lo permites, Martín, me gustaría hablarte de mi personaje, El Murciano.
          -Adelante –dije asustado, con una copa de hierbas dulces mezcladas entre las manos.
          -Yo creo que le falta algo para acabar de estar redondo. Es un malo con mucha potencia que creo que no desarrolla del todo. Estoy convencido que tiene muchas más posibilidades. Yo he hecho una serie de anotaciones, sugerencias, con toda humildad, que tengo en la maleta. Solo te pido que las mires, nada más.
          -Vamos a empezar la película dentro de tres días, Jacinto –le dijo Eduardo.
          -No es nada. Simples sugerencias para darle al personaje más posibilidades.
          Un ángel de la guarda, convertido en Jefe de Producción, se nos acercó.
          -Perdona, Martín, te necesitamos en maquillaje.
          -Disculpadme –dije levantándome.
          Me fui volando con Ruperto.
          Me volví a encontrar con Jacinto a la hora de la cena.  La pobre Vito se me acerco y con disimulo me dijo:
          -El Naschy dice que mire de comprarle algunos trajes baratos para el personaje, ¿qué hago?
          -¿Qué dinero tienes?
          -El que se me ha dado Eusebio.
          -¿Hay dinero presupuestado para trajes del señor Naschy?
          -No.
          -Entonces la pregunta es absurda, ¿no crees, WWWW –le dije y me fui.
          Hay que decir que ni en la comida ni en la cena nadie hizo caso a Naschy. Lo miraban como un personaje curioso, como aquel actor que había hecho de hombre lobo en películas que nunca habían visto ni verían. Todo el equipo técnico era gente joven a la que no le gustaba demasiado el cine español. Era evidente que no les hacía mucha gracia.
Pero eso a Jacinto se la traía floja porque él iba de estrella y estaba por encima de ellos. Justo el apretón de manos en las presentaciones, y punto. Lo que debía de extrañar Jacinto es que nadie le pidiera un autógrafo.
          Por la noche nos volvimos a sentar en los mismos sitios y se volvieron a repetir las batallitas, aunque Jacinto llevaba la delantera. Después de la cena nos fuimos a la cafetería, donde el hombre lobo español me pasó unos diez folios escritos a mano.
          -Míratelo, y no pasa nada. Pero yo creo que estos añadidos, porque realmente no he cambiado nada de lo que hay escrito, ayudarán al personaje. Te lo dice uno que ha escrito muchos guiones de películas internacionales.
          Aburrido, le dije que le echaría un vistazo.
          Ya en la habitación, llamé a Eduardo para decirle que hablaba seriamente con Jacinto o habría problemas.
-No te preocupes que ahora mismo voy a su habitación y le dejo las cosas claras. Duerme tranquilo.
Y se ve que lo hizo, por que en el desayuno del día siguiente el hombre lobo español no me dijo nada.



Lunes, 4 de febrero


Los dos días antes del principio de rodaje vi poco a Jacinto. Solo coincidimos en las comidas y en las cenas. El hombre lobo seguía contando anécdotas de su vida en el cine. Pero todas eran relacionadas con él y sus compañeros no salían demasiado bien parados.
Una de sus anécdotas preferidas fue cuando en una película cogió a José Luis Galiardo del cuello y lo estampó contra la pared. Por lo visto el actor se reía de Jacinto a sus espaldas. Le cogió del cuello y lo amenazó con romperle la cara de guaperas que tenía. Según Jacinto, Galiardo se acojonó y dejó de reírse de él. La verdad es que no me creía la historia. Jacinto era bajo pero corpulento y si no hablabas con él te podía llegar hasta dar miedo. Pero no te lo imaginabas un hombre violento.   
El primer día de rodaje, Jacinto se quedó en el hotel todo el día. Y cuando regresamos, después de la primera dura jornada de diez horas, el recepcionista me dijo que el director quería hablar conmigo.
-El señor Naschy no ha dejado de telefonear durante todo el día desde la habitación –empezó diciéndome Alex Faro-, y ha consumido cuatro cervezas en la cafetería. Y cuando el camarero le ha dado el ticket para pagar, él ha dicho que de sus gastos se encargaba la productora, ¿qué hacemos, Martín?
Me fui como una fiera a buscar a Eduardo para hablar con él antes de que entrara en el comedor.
-Eduardo, ¿no le dijiste a Jacinto que el teléfono y la bebida que consumiera era cosa suya?
-Le dije exactamente lo que tú me dijiste.
-Pues no te debió entender bien porque le ha dicho al camarero de la cafetería que todos sus gastos corren a cargo de la productora.
-¿Eso ha dicho?
-Me lo acaba de decir el director del hotel.
-Hablaré otra vez con él.
-Este hombre tiene un problema: solo se oye así mismo.
-¿Por qué no me escuchas un momento, Martín? Yo me voy a pagar los gastos, como te dije. Por mí no tendrás que pagar nada extra, pero deja que él telefonee y que se tome cuatro cervezas. Solo se le pagan veinticinco mil diarias, que es muy poco siendo quién es. Ten un detalle con él.
-¿Y las cervezas? ¿Sabes lo que puede costar el teléfono y las cervezas durante el mes que estaremos en el hotel? Subirá una barbaridad. Te lo digo porque tengo experiencia en estas cosas.
-Lo sé, lo sé. ¿Pero no puedes hacer una excepción? Piensa que me pones en un aprieto, Jacinto se puede enfadar. Habla con los productores. Hazme el favor.
-Cuando llegaron todos al hotel se hizo una reunión y Eusebio Vicente Casaseca, uno de los productores como ya sabes, dijo bien claro que teléfono y copas iban a cargo de cada uno. No hace falta decirlo de nuevo.
-No sé qué quieres qué te diga. Creo que deberías asumir los extras de Jacinto. Te guste o no es un nombre en el cine español.
-Un nombre del que no se acuerda nadie –dije cabreado pero resignado. Estaba claro que el señor Naschy me iba a dar por culo.
          Después de la cena me reuní con el equipo para hacer un balance del primer día de rodaje que no había estado mal del todo. Los primeros días de una película son difíciles porque la gente aún no está ubicada. Cuando se fueron todos y me disponía a irme a dormir Jacinto se presentó.
-¿Podemos hablar un momento, Martín?
          -Sí, claro –le dije temblando de miedo.
          -Te voy a decir una cosa pero no quiero que te influya ni a ti ni a la película. Creo, yo creo, que El Murciano tendría que tener un rollo de faldas. Piensa que no es normal que sea un matón del barrio chino y no tenga tías.
          -Las tiene en su vida privada –No podía creerme lo que me estaba pasando.
          -Pero eso el espectador no lo sabe. Mira, te lo dice un señor que ha hecho muchas película y sabe de qué va. El espectador es tonto y hay que dárselo todo masticado. No puedes pretender que el público piense que El Murciano tenga tías. Tiene que verlo con sus ojos. Solo sería incluir una o dos secuencias de El Murciano con unas tías. Nada, escenas de cinco o diez minutos. No entorpece el guión y lo enriquece.
          Si en aquel momento me hubieran pinchado no habrían encontrado sangre. ¿Qué podía decirle a aquel hombre? Nunca podré entender a los actores. No dejan de mendigar un papel en cuanto te ven, y cuando se lo das empiezan a amargarte la vida. Todo son pegas, inconvenientes.
          -Jacinto, yo creo que no es necesario que se vean las mujeres del Murciano.
          -Vale, vale, no pasa nada. Pero hazme un favor, piénsatelo detenidamente y llegarás a la conclusión de que tengo razón. Como sé que estás muy liado puedo hasta escribírtelas yo mismo.
          Escribírmelas él mismo. Tenía que hablar urgentemente con Eduardo. Le dije que lo pensaría y escapé hacia el ascensor para encerrarme en mi habitación y llamar a Eduardo.
          Así lo hice, pero Eduardo no estaba en su habitación.

          Tuve que meterme media hora debajo de la ducha con agua caliente para relajarme.