miércoles, 3 de mayo de 2017


Prologo


Mi tercer largometraje fue el menos conflictivo de los dos que había hecho. si no fuera por un gitano valenciano que intentó engañar a la productora y por Paul Naschy, para los amigos Jacinto Molina.
          Mordiendo la vida nació en el Festival de Cine de San Sebastián de 1983 donde me habían seleccionado mi primer cortometraje La Rosario y el Pinzas. A la actriz Beatriz Barón, la protagonista, y a mí, nos había invitado el festival. Y después de la proyección del corto se me presentó Eduardo Fajardo, actor de muchos espaguetis wester wwwwwww que yo había visto en mi juventud. Me felicitó por mi trabajo y me dijo que le encantaría hacer una película conmigo. Después me escribió su teléfono en un trozo de papel y desapareció. Perdí el papel.
El destino o lo que fuera, hizo que tres años después viniera a actuar con una compañía de teatro en el Auditórium de Palma.  Fui a ver la función y felicitarle al camerino. Se acordó enseguida de mí diciéndome el título del corto: La Rosario y el Pinzas. Aquella noche nos fuimos a cenar al Hotel Saratoga donde se hospedaba. Cenamos contemplando la bahía iluminada de Palma. Durante la cena me recordó lo que me dijo tres años antes: quería hacer una película conmigo.  
          Desde esa noche no perdimos el contacto, y unos dos meses más tarde ya se había leído el guión que le había mandado con el título de Mordiendo la vida. Para él había escrito el papel de policía maduro, cerca de su jubilación. Beatriz Barón interpretaría a La Rizos, una prostituta que quería dejarlo.  Uno de los malos sería el actor mallorquín Ruperto Arés, doblador y amigo, y para el otro malo, aún no se había decidido quién sería.
          El proyecto de lo propuse a Eusebio Vicente Casaseca y a Toni Vives, los productores con los que había hecho mi anterior película El último penalti. A los dos les pareció bien y se empezó la preproducción de una película que me daría muchas alegrías, excepto dinero por su inexiste distribución. Solo se pudo estrenar en Mallorca porque la distribuidora quebró debido a la crisis del vídeo, pero eso es otra historia.
          La película sería como las dos anteriores: independiente y de bajo presupuesto.  La preproducción empezó y se puso una fecha de rodaje: 3 de febrero, lunes. Corría el año 1985. En aquel tiempo teníamos la productora en la angosta calle Molineros, travesía de la calle peatonal San Miquel. Era un piso grande, con cinco habitaciones y techos altos. Una pasada.
Cuando rodáramos pasaríamos la oficina en el hall del Hotel Continental en primera línea del Paseo Marítimo, frente al mar. Un hotel maravilloso que ya no existe. Allí sería donde viviríamos durante cinco semanas, lo que duraría el rodaje de la película.
          Todos los actores, excepto Eduardo y Beatriz, se eligieron en un casting que se hizo en Palma. Para el papel de El Murciano no encontrábamos al actor. Fue Eduardo que por teléfono me sugirió a Paul Naschy. Huelga decir que enseguida le dije que ni hablar, que era un desprestigio tener a un actor como ese en una película. Pero él no se dio por vencido e insistió e insistió hasta que me dijo que se había intentando suicidar. Estaba pasando por una depresión muy fuerte. Por lo visto los productores se habían olvidado de él hacía algunos años y él no lo había superado.
           -Toma una medicación muy fuerte –me dijo Eduardo-. No sale de su casa desde hace meses y no deja de lamentarse y llorar. Hacer el papel de El Murciano sería su salvación. No está muerto de milagro, se tomó dos botes de fármacos. Menos mal que su mujer se olvidó de unos papeles y volvió al piso a recogerlos. Se lo encontró sentado en el sillón sin sentido. Lo salvaron de milagro. Dale una miseria, se conformará.
          Al final me convenció y se contrató a Paul Naschy por 25.000 pesetas diarias, una miseria para un actor que había cobrado mucho dinero por hacer de hombre lobo. Pensé que no le daría nada de bombo y platillo a su actuación, pero me salió el tiro por la culata. El mismo Naschy se encargó de avisar a toda la prensa mallorquina de su llegada a la isla. Incluso hizo entrevistas por teléfono antes de venir. Eso ya me calló bastante mal y se lo recriminé a Eduardo.
          -Es así –se justificó-, se cree una estrella.
          -Una estrella apagada –dije yo enfadado.
          Eusebio Vicente Casaseca, uno de los productores, conociendo mi violento carácter me dijo que no le dijera nada, que lo olvidara. Así lo hice por el bien de la película.
          Yo solo había hablado dos veces por teléfono con Paul Naschy. La primera ocasión fue cuando él me llamó para decirme que le gustaba mucho el guión pero que su papel era muy poca cosa para él. Me quedé de piedra. Hay qué decir que él no sabía que yo estaba al día de su desesperada situación.  Se creía que yo lo había elegido para El Murciano por ser un gran actor. Estuve tentado a decirle que no lo quería ni gratis, pero por Eduardo Fajardo, que cada día me caía mejor, me callé.
          -Yo me veo más en el papel de Ángel –me dijo-. Es un papel con fuerza dramática y mucho encanto. Lo veo un papel muy americano, ya me entiendes.
          No, no lo entendía. El papel de Ángel lo había reservado para mí, que era joven y atractivo, no como él que estaba viejo y calvo.
          -Llámame Jacinto –me dijo perdonándome la vida-. Además, cobrando la miseria que voy a cobrar tendría que hacer un papel de protagonista, no el malo de la película. ¿Sabes lo que yo cobro por el protagonista de una película? No te lo voy a decir porque te lo imaginas. Soy un actor internacional que hará mucho bien a tu película. La podrás vender al mundo entero. Incluso en Los Ángeles donde tengo un club de fans
          Aguanté estoicamente sin decir a penas nada la media hora que me tuvo al teléfono intentando convencerme para que fuera el protagonista. Y cuando le dije que el papel lo haría yo, se como enfadó. Noté a través del teléfono que aguantaba su rabia o lo que fuera. Estoy seguro que me hubiera dicho que no la iba a cagar y que no tenía ni puta idea, pero en cambio dijo:
          -¿Tienes algún interés especial para hacer el papel?
          -Lo escribí para mí –le dije a punto de demostrarle mi cabreo-. Yo veo al personaje de menos de cuarenta años y tú tienes unos cuantos más.
          -En el cine existe el maquillaje, que seguro que lo sabes.
          Sí lo sabía pensando en el lío que me había metido Eduardo.
          -Creo que el papel de El Murciano lo harías genial, Jacinto. Hay películas que el malo es importantísimo en la historia. El Muricano es uno de ellos. Para este personaje especial necesito una presencia especial como la tuya –le mentí.
          Después de aproximadamente un hora al teléfono conseguí que me dijera que sí, que aceptaba el papel pero que me pensara en los de que él fuera el protagonista.
          -Yo puedo ser el protagonista perfecto. Y no te preocupes que tú eres joven y tendrás muchas oportunidades para ser protagonista en otra películas.
          Colgué el auricular más cabreado que una mona. Me cagué en el hombre lobo hasta que me cansé. Estaba seguro que me estaba equivocando en contratar a Paul Naschy en la película, pero no quería incomodar a Eduardo Fajardo, una buena persona amigo de sus amigos.
La segunda vez que me llamó Jacinto Molina fue para preguntarme si se podía potenciar el papel de El Murciano. No me dijo nada de ser el protagonista porque Eduardo le había llamado días antes para darle un toque de atención.
-El papel de El Murciano creo que está perfecto, o al menos a mí me lo parece –le dije cansado de escuchar su rollo patatero.
-De todas formas cuando esté en la isla podemos sentarnos y cambiar impresiones. Nos interesa a los dos que El Murciano tenga la máxima fuerza posible en la película, que salga de la pantalla.
-De acuerdo, lo miraremos.
          Pero la historia de Jacinto no terminó en esa conversación telefónica. Una semana del comienzo del rodaje me llamó Eduardo para decirme a ver si había posibilidad de que Jacinto Molina se pudiera quedar en el hotel todo el rodaje.
          -Ya que se le paga tan poco, podrías tener el detalle de que se quedará en el hotel todo el rodaje. Lo has sacado del pozo donde había caído, ahora puedes rematar la obra de caridad con dejarlo en el hotel todo el mes. Lo necesita porque volver a Madrid puede serle perjudicial.
          Aburrido le dije que sí.
          Eduardo Fajardo era una persona estupenda además de un buen actor desaprovechado en este país por ser de derechas, franquista para más señas. Nunca hablaba de política. Quizá demasiado conservador pero muy abierto a las ideas de los demás. Desde un principio nuestras posiciones políticas quedaron claras: él de derechas y yo de izquierdas. Pero esas actitudes no hicieron que durante todo el rodaje y posteriormente en la posproducción discutiéramos. Nunca tuve el más mínimo problema con él. Solo me exigió poder traer a su mujer al rodaje.